Se da la circunstancia de que el músico no supo componer la armonía musical y los cantantes tuvieron que repetir cuatro veces “que con sabios, que con sabios…” para poder llevar el ritmo adecuadamente.» Hasta cuatro veces. Constituciones ha habido en España varias más, con sabios y sin ellos. De qué no tendrán la culpa los músicos.
Nunca se sabe qué conexiones ocultas gobiernan esta clase de accidentes. Y puede que fuera sólo un accidente, una casualidad, ese desarreglo del músico. Pero, desde Platón, hay una conexión, unas veces menos oculta que otras, entre la música y la política. No en vano, ese filósofo que investigó los efectos directos del sonido en el alma humana y en la educación de los gobernantes, sabía también que no se pueden hacer cambios en la música sin repercutir en la constitución del Estado. Una vez, jugó a diseñar uno perfecto e inmutable; y eso, para él, significaba un Estado sin lugar para la diversidad ni la contingencia. Entonces, se preocupó de expulsar de él a todos los instrumentos politonales, “que imitan a la flauta”. Sabía que el ritmo y la tonalidad penetran en el interior del alma agarrándose a ella, y si quería evitar la politonalidad, es porque temía las complicaciones que siempre conlleva la política, la organización de la vida en común.
En realidad, justo de eso, de cómo conjuntar la intimidad de los hombres y las mujeres con su inevitable salida al mundo público común, de un mundo de todos donde cada uno pueda ser cada uno, de soledad y comunidad, trata la política. La experiencia íntima de una escucha en común es la experiencia de la música. El oído es, de los cinco sentidos, no sólo el que más profundamente imbrica lo corporal con lo intelectual (la vista es más bien lo último, el gusto, el tacto y el olfato, más bien lo primero), sino el que es, a la vez, más individual y más colectivo: oímos juntos, lo mismo, pero lo oye cada uno. Platón sabía muy bien lo que hacía al enlazar la música y la política.
Decir que el problema de la política es un problema musical sería exagerado; en todo caso, es aún muy indeterminado. Decir que el problema de la política, y en concreto de la democracia, es una cuestión de oído y de escucha, es ya más preciso; en todo caso, lo dicen a menudo quienes se implican como mediadores en conflictos. Decir que una constitución es como una sinfonía compuesta colectivamente es quizá abusar de las metáforas; aunque algún filósofo del derecho, tiene escrito que un juez se relaciona con la ley que aplica como el intérprete con su partitura: en ambos casos, tienen que tener la habilidad de dar concreción y realidad, en función de las circunstancias particulares, a algo escrito en un papel. De cualquier manera: si se está tentado de decir estas cosas, no es para echar las convulsiones de la historia constitucional española sobre la conciencia de aquel infortunado músico de Galdós que no supo componer la armonía, obligando a cuatro repeticiones que salvaran el ritmo. Esas cosas se dicen porque el vocabulario con el que hablamos de nuestra experiencia musical es curiosamente coincidente con el que hablamos de nuestra condición política. Y es el vocabulario más difícil.
Aspiramos, con precipitada ligereza, a vivir en armonía, pero no siempre pensamos en toda la tensión y contención que puede ocultar una armonía verdaderamente rica. Hablamos de identidad, de quiénes somos y quién nos dejan ser. Una identidad que la música nos da o nos devuelve, una identidad que la política nos preserva o con la que entramos en ella. Pero una y otra nos enseñan cuántos hilos, impurezas y mezclas hay en una y otra, y cuánto oído hay que prestarles. Hablamos de sufrimiento y anhelos. Hablamos de soledad y comunidad, de la experiencia compartida de una escucha que siempre es interior, individual e íntima. Hablamos de la memoria, del tiempo y de lo efímero: vivimos juntos para dar sentido a nuestra precariedad y mortalidad, y la música, ese arte del tiempo y de lo evanescente, nos enseña nuestros límites mortales sin engañarnos con una ilusión de eternidad.
Comunidad, individualidad, temporalidad, emociones, memoria… En los canales ocultos que comunican estos conceptos, unos con otros, se van cruzando las experiencias de la música y de la condición política. También cuando se conmemora la primera ocasión en que los españoles se dieron una Constitución y se proclamaron libres y ciudadanos. Las conmemoraciones suelen hacerse con música; pero no es esa la razón por la que la música es conmemorativa. Es otra razón más intrínseca, que una vez explicó el maestro Barenboim. Cuando se interpreta, dice él, “la línea melódica y el ritmo van en dirección horizontal, pero hay una presión vertical del acorde, de las armonías, que siempre está ahí. En este aspecto, la música es igual que la historia, los acontecimientos tienen que vivirse tanto simultáneamente como con posterioridad.” Vivir simultánea y posteriormente, vivir a la vez y después, es lo que hace la historia al recordar, es lo que hacemos al conmemorar, es lo que hace la música.
Conviene saber qué es lo que conmemoramos, y por qué. Una Constitución política; la primera. Por ella, los españoles, a la vez, más o menos, que los demás europeos (o un grupo de españoles y de europeos; pero estás cosas siempre son así) se proclamaban una nación libre y soberana, “que no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. Una constitución hecha en público y para ser pública; un corte sin precedentes, que anulaba el Antiguo Régimen e inauguraba, en la estela de la Revolución francesa, una nueva época; y también, ¡ay paradojas!, una constitución que afirmaba de sí, en su primer párrafo, antes del primer artículo, basarse en las “antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía”, y proveerles cumplimiento.
Quieran los eruditos y politólogos resolver como puedan esa última paradoja, pero lo cierto es que esas tres cosas que conmemoramos en la Constitución de 1812 -el público, el nacimiento de una nueva era, la recolección de lo más fundamental de la antigua- son muy propios del fenómeno musical con que esta serie de conciertos celebra los doscientos años de la Constitución de Cádiz.
Sabemos, y nos lo repetimos, que las constituciones liberales que aparecen a partir de 1800 consagran políticamente un espacio público, distinto del religioso y del privado, en el que los ciudadanos actúan como ciudadanos, personas privadas que razonan sobre un interés común. No solemos recordar que es justo en ese momento cuando la música se hace también pública, sale de las cortes y de las casas señoriales, de las iglesias (donde sí estaba abierta a todo el mundo, pero permanencia ligada al acto religioso), para interpretarse en espacios públicos, las salas de concierto, creados ex profeso para la música, y donde ésta es música libre y pura, que se ejecuta y escucha por sí misma. La música seria, tal como la conocemos hoy, en sus formas y en su modo de ejecutarse, nace a la vez que las constituciones liberales modernas, y con ellas. Si los compositores se independizan, si los músicos se hacen profesionales, si aparece un público que juzga (y que paga), es porque se han liberado las mismas fuerzas que llevan a los ciudadanos a dotarse políticamente de una constitución.
Lo hacían mirando hacia el futuro, dispuestos a inaugurar una nueva época. Pero esos ciudadanos eran conscientes de que estaban al final de una larga historia que había conducido –les parecía que inexorablemente- hasta ellos. A sus pies, se extendía todo el extenso pasado de la cultura humana, por el que sentían una mezcla de desdén, curiosidad y veneración. Andando el siglo, ya como románticos, como burgueses, como los llamados hombres masa, visitarían ese pasado como turistas o investigadores eruditos, como nacionalistas en busca de supuestas raíces: peregrinarían a los museos, a las catedrales, a las ruinas antiguas o medievales… y a las óperas y salas de conciertos, donde toda la música clásica se iría convirtiendo en un museo viviente. Para el ciudadano moderno que, dolorosa y conflictivamente, iba aprendiendo a vivir en una constitución, la cultura se equipara con el arte, y el arte con su historia.
Celebrar es siempre reactualizar una historia, conmemorar. Por eso, al rememorar ahora, en este curso, ese acontecimiento, a su modo también musical, que fueron las Cortes extraordinarias de 1810, esas que llevaron a la redacción de la primera Constitución española, en 1812, puede tener un sentido reactualizar la historia de la música: la que llevó hasta la música clásica y pública de entorno a 1800, y la que le siguió hasta el siglo XX. Es lo que busca este ciclo de conciertos que parte de la evolución de la monodia a la polifonía durante la Edad Media; recorre el contrapunto renacentista; se detiene en la época del bajo continuo, tan ligado al absolutismo contra el que nuestros liberales se sublevaban, pero al que le debían el nacimiento del Estado moderno; culmina en la época clásica (y hasta el mismo Haydn tuvo tratos con Cádiz, de donde recibió el encargo para sus Siete últimas palabras de Cristo en la cruz). Luego, también la música sigue la deriva de la conciencia moderna: su búsqueda, a veces desesperada, de identidad en el nacionalismo, las profundidades del yo en el romanticismo, la explosión insatisfecha, innovadora, pero a veces también recuperadora, de la música del siglo XX y de las vanguardias. Mirando por delante y por detrás, entendemos mejor ese momento culminante y efímero que fue 1812, respecto al cual todavía ordenamos el tiempo.
La música no se oye sin más: las distintas prácticas musicales nos dan el sentido del mundo. Al oír juntos el sonido de todos esos años celebramos un momento, y lo recordamos. Al oír interiormente el primer anhelo realizado de libertad que fue ese momento, 1812, celebramos la escucha de la música al modo en que sólo los conciertos públicos hacen posible: en solitaria compañía, o en la soledad solidaria que es la verdadera libertad.
Cuentan las crónicas que las primeras sesiones de las Cortes, en 1810, se celebraron en la Real Isla del León, hoy San Fernando, en el entonces llamado Teatro Cómico, lo que produjo alguna burla y desconfianza, por lo inapropiado del lugar para tan solemne propósito. Pasado el escándalo, un diario de Cádiz, El Observador, se preguntaba eufórico: “¿Qué gloriosos destinos estaban reservados a un edificio dedicado antes al sólo placer por la corrupción de las costumbres, ahora consagrado en santuario de la libertad y de la justicia?” ¡Qué retórica, la de entonces! Aún hoy tenemos que preguntarnos qué destino les estarán reservados a la libertad y a la justicia sin el goce y el trabajo de la música.
Antonio Gómez Ramos
   
que España está sufriendo
va el horizonte viendo
alguna claridad.
La aurora son las Cortes
que con sabios vocales
remediarán los males
dándonos libertad.